jueves, 2 de abril de 2026

¿EL FENÓMENO STRANGER THINGS FUE COMPATIBLE CON LA FE CATÓLICA? Por Luis Maggi Cárdenas

La cultura pop moldea el pensamiento; telenovelas, canciones, películas, programas de televisión, series, libros y revistas son parte de la cultura, pero al mismo tiempo contribuyen a de-formarla en un continuo ir y venir. 

Comunicólogos y antropólogos afirman que los productos que emanan de la cultura pop son fuertes indicadores del momento en que vivimos porque estos reflejan el pensamiento de cada época.
Y no hay que olvidar que las generaciones “avanzan en el tiempo” y “crecen en experiencia” junto a los productos mediáticos que día a día los van acompañando conforme también va avanzando su historia de vida.

El Siglo XX fue influenciado por el pensamiento de Marx, Foucault y Freud, pero a su vez esta tríada fue permeada por todo el pensamiento occidental desde los filósofos griegos hasta los pensadores de la Revolución Francesa.

Nosotros como miembros de una sociedad occidental estamos influenciados de una u otra manera por los arriba mencionados; seguimos leyendo a un Santo Tomás de Aquino, a un San Agustín (354-430), pero también a los ensayistas Iberoamericanos como Octavio Paz, Paulo Freire hasta llegar al politólogo Agustín Laje. 

Aunque Stranger Things fue clasificada como “TV-14”: para mayores de 14 años por su contenido de violencia, lenguaje y “temas maduros”(sic), esto último sólo aplicó para sus primeras temporadas; pero la temporada final (5)su clasificación fue actualizada y se consideró “para mayores de 17 años”.

Para los creadores de Stranger Things fue muy fácil mostrar la homosexualidad de los años 80 porque esta práctica “cabía” sin ningún problema en el 2025; hoy es tan común ver en la pantalla de Netflix a dos mujeres jóvenes besándose, pero sabemos que no lo fue así en las sociedades de 1987 donde según estaba ubicada en tiempo la historia.

Entonces, para el sector teenager, que dos mujeres se gusten o que un adolescente se haya enamorado platónicamente de su amigo del mismo sexo ya no es mal visto; es más, ya no les sorprende. 

Agustín Laje es uno de los pocos escritores que han señalado que la llamada "comunidad LGBTTTI" hoy está sobreexhibida en todas las plataformas de ficción y canales de televisión que antes los activistas decían no mostraban.  

De lo que opinan los padres de familia sabemos poco; no hay estudios suficientes que nos puedan revelar el cómo los progenitores católicos están enfrentando la cultura woke que se les quiere imponer a sus hijos desde los medios tradicionales y no tradicionales; usando marionetas como Bad Bunny, la élite globalista está obsesionada por cambiar la mentalidad de las próximas generaciones. 

Tampoco podemos medir cuánto una madre católica está dispuesta a negociar no sólo contenido, sino el tiempo de exposición a la cultura pop que realizan sus hijos.

La normalización de la homosexualidad ha sido uno de los objetivos que Netflix logrará para las últimas décadas del Siglo XXI y nunca los creadores de esta plataforma reconocerán que, alguna vez, ésta fue una de sus metas.

Regresando a Stranger Things, una escena que marcó a los televidentes y se convertirá en un ícono audiovisual, es cuando Max huye de Vecna:

Como creyentes encontramos un paralelismo entre la historia de ficción y nuestra FE: 

“El enemigo” (ya saben quién) es el que mantiene en depresión a los jóvenes, y una forma de que ellos salgan de la depresión, y que la enseñanza cristiana también lo incita, es el agradecimiento y enfocar los pensamientos no a lo negativo, sino a los momentos de felicidad. 

Olvidar los malos momentos del pasado y quedarnos con los mejores, esos que nos causan felicidad, no sólo es una técnica psicológica para no ser atrapados por la depresión, es un consejo que escuchamos desde grupos de autoayuda hasta en los retiros católicos.

Los personajes de Stranger Things entendieron que Vecna deseaba raptar a los niños porque ellos son débiles, maleables y manipulables. Otra referencia quizás indirecta a las enseñanzas de Cristo sobre la inocencia de los niños y su valor. 

En Stranger Things los niños parecían poseídos porque ponían los ojos en blanco; en la vida real sabemos que esto se visualiza en una persona cuando está sufriendo una posesión demoniaca. 

El llamado “otro lado”, el reino de Vecna tal era un espacio sin Dios: obscuro, macabro, con relámpagos y con un ser espantoso que ataba a las personas, levitaba y su aspecto era la de un quemado. 

Los guionistas nos contaron que su mayor villano fue un niño explorador que dentro de una cueva asesinó con una piedra a un adulto y esto provocó que endureciera su corazón, justificando el volverse malo con el paso del tiempo. 

Aunque no lo digan, aunque lo nieguen: Stranger Things mostró a un ser demoniaco que no era fácil de derrotar a balazos. Un ser que no le interesaba el mundo real como sí hacer sufrir a los que viven en él, llevárselos a su reino, hacerlos prisioneros, torturarlos, manipularlos y separarlos de sus seres queridos para siempre. Un paralelismo con el enemigo cristiano.

La última temporada nos mostró un mundo apocalíptico sin Dios; un poblado partido a la mitad, una sociedad hostil donde el ejército tiene el control de las personas. Un mundo donde se experimenta con niños, donde la ciencia tiene la primera y última palabra. Un lugar donde se intenta alcanzar el poder militar creando armas secretas. Paralelismo con la realidad que se ha recrudecido desde principios del Siglo XX.

Aunque nos califiquen de “fanáticos religiosos”, Stranger Things mostró a un villano muy parecido al que los católicos no siempre somos conscientes de su espantosa existencia,  precisamente porque no lo hemos visualizado. 

Ontológicamente hablando la tradición de la Iglesia nos enseña que se ha comprobado la existencia del enemigo del alma como un ente espantosamente real en su forma y mente y que vive en el mundo espiritual pero pudiendo influenciar sus males a este mundo material.

Ojalá y ver este tipo de series pudiera servir como analogía de la enseñanza del catecismo de la Iglesia católica. Sería una utopía lograr que productos de la cultura pop confirmaran a los más incrédulos que el mal existe y que proviene de un ser real. 

Ojalá y la historia de Stranger Things pudiera servir para estar conscientes de un peligro que nos asecha constantemente como cristianos, y como dice Efesios 6: 10-12: saber que “la lucha no es de carne”. Ojalá no sea demasiado tarde para un televidente conocer esa verdad.

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